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ABC - Cultural 24/12/2011
Jaime Siles

 

Los poetas del primer cuarto del siglo XX lo fiaron todo a la imagen, como los de la segunda mitad del XIX lo habían fiado al símbolo y los anteriores a ellos al símil, la alegoría y la metáfora. No es fácil saber a qué lo fía todo la galesa Menna Elfyn (Swansea, 1951). Pero da la impresión de que lo simbólico, más que el símbolo en sí, es lo que distingue su escritura. Y que, más que el desarrollo de unos temas, el principio determinante de su obra es la tensión ?llamémosla así? que dimana de un binarismo basado en la contraposición y en el contraste y que se objetiva en una fuerza interior que la palabra poética conduce y con la que se la confunde y se la puede identificar. Por eso en sus poemas hay partes, más que propiamente movimientos, y los signos funcionan, sobre todo, como refugio o asidero: como dice en «Acoplamientos», la vida «es una casa en ruinas» cuyo deterioro nos proponemos arreglar.

Un todo indivisible

Poesía, pues, en la que lo político se entremezcla con lo existencial, lo amoroso con lo feminista, y lo lírico con la vivencia de lo temporal, hasta formar un todo indivisible que sería injusto, si no imposible, separar. Poesía poliédrica en la que se hace un uso muy directo de los referentes y se ilumina un término oscuro con otro, de naturaleza más corriente, que aclara y transparenta su realidad: así, una rara rosa de crinolina va especificándose, a partir de una primera «traducción», en imagen mucho más comprensible ?«sus dedos verdes como el pino»? y esta es retraducida a otra mucho más fácil de asimilar: «Suaves como el pelaje de un perro que envejece». Hay aquí una notable huella de la Biblia ?en concreto, del «Cantar de los Cantares»? y otra, no menos explícita, de Whitman, cuyos ecos ?como los de la Dickinson? resuenan en estos versos. Pero también una personalísima percepción de lo real y una singular vertiente metafísica que le hace preguntarse si no somos «imágenes surgidas de los espejos que nos imitan».

El grito de la luna

Como Van Gogh y como Rafael Morales, siente atracción por los objetos más humildes y canta a sus zapatillas, con un perfecto equilibrio entre el rapto del himno y el aterrizaje en el humor: «Benditas sean las humildes zapatillas / que, a veces, al menos, heredan la tierra». La verdad es otro de los temas que trata, pues función del poeta es, según ella, que el mundo parezca cada mañana nuevo ?afirmación muy en la órbita de Ortega. La mirada es otro de los motores líricos de Menna Elfyn, que contempla «a través de las sombras el grito sedoso de la luna» y que encuentra en esta última ?como puede verse en su «Elogio de la luna»? el centro medular de toda su lírica. La traducción de Eli Tolaretxipi mantiene la calidad del verso, así como en el poema la forma y la estructura.

Jaime Siles

ABC - Cultural 24/12/2011
by Jaime Siles

 

The poets of the first quarter of the 20th century gave all their credit to images, as those of the second half of the XIX century had given it to symbols and the previous ones to similes, allegories and metaphors. It is not easy to know to whom Menna Elfyn (Swansea, 1951) gives all her credit. But I have the impression that it is symbolism, rather than symbol, what distinguishes her writing. And rather than the development of topics the decisive principle in her work is tension, let’s put it this way, arising from dualism based on contrast and becoming objective through an inner force led by the poetic word with which it entangles and can be identified. That is why there are parts in her poems rather than movements, and signs work mostly as some kind of shelter or support. As she says in Couplings, “Life is a house in ruins”

An undivided whole

In her poetry politics and the existence are mixed together, love with feminism and lyricism with the experience of time, and this whole is undivided; trying to break it down into different elements would be unfair. Elfyn’s poetry is many-shaped and the use of the referent is direct; an obscure term is lit by another of a more common nature, thus clearing up its reality and making it transparent. A strange crinoline rose translates as “her pine-green fingers” and this image is translated again into another image which is easier to understand: “as soft as the hairs of an ageing dog”. There is also a remarkable influence of the Bible, especially the Song of Solomon, and also echoes of Walt Whitman and Emily Dickinson. There is also quite a personal perception of the real and a peculiar metaphysical stance in which she wonders “Aren’t we images born / of the mirrors that mime us (…)”

Cry of the moon

Like Van Gogh and Rafael Morales, Menna Elfyn is attracted to the most humble objects and sings to her mules, attaining a perfect balance between the rapture of the hymn and down-to-earth humour: “Blessed are the humble sleepers / who, sometimes, at least inherit the earth”. Truth is another topic of hers, for, as she says, it is the poet’s work “to wash the world new every morning”, an idea shared by Ortega y Gasset. Menna Elfyn’s poetry is also driven by her stare: “gaze through the shades at the moon’s silken cry” which, as can be seen in “Praise of the Moon”, is at the core of all her poetry. Eli Tolaretxipi’s translation keeps up with the quality of the verse, as well as the form and the structure of the poem.

Jaime Siles